"Nuevo trabajo. Nueva ciudad. Yo solo quería ser invisible, pero el destino tenía otros planes para mí."
El zumbido del aire acondicionado me taladra la cabeza. Intento acomodarme en la silla pero las medias de nylon raspan contra la falda. Treinta años y me he plantado en una ciudad nueva, sin conocer a nadie, para empezar de cero. Me he recogido el pelo en un moño un tanto informal, quiero parecer seria, pero es pura fachada. Cada correo que abro, cada clic, me recuerda todo lo que dejé atrás, las miradas que no entendían nada. Aquí, en este cubículo gris, soy Marta, la nueva. Y por ahora, me basta.
Una sombra corta la luz que entra por el ventanal. Levanto la cabeza. Hay una mujer junto a mi mesa con un taco de expedientes. Melena morena, lisa, hasta la mitad de la espalda. Lleva vaqueros ajustados, una camiseta básica de color blanco y una chaqueta de cuero gastado. Va demasiado informal para esta oficina, pero lo lleva con una seguridad que me para la respiración.
—¿Eres Marta? —pregunta. Su voz es cálida. No me lo esperaba.
Asiento, incapaz de articular palabra. Ella sonríe y la curva de sus labios me hace un nudo en el estómago.
—Soy Lisa. Bienvenida al infierno de los recursos humanos. Te traigo los archivos del trimestre pasado. Que te diviertas.
Suelta los papeles sobre mi mesa y al retirar la mano, me roza. Solo un segundo. Mierda, un chispazo recorre mi columna, siento mi piel erizada y una leve humedad entre las piernas. Aprieto los muslos por instinto, hasta que pasa la sacudida. La miro irse: el movimiento de sus caderas, cómo le quedan los vaqueros. El corazón me va a mil, no puedo evitarlo.
Me quedo quieta, mirando por donde ha desaparecido, ha dejado un olor a vainilla y a cuero que llena mis fosas nasales. Respiro hondo. No. No he venido a enamorarme de la primera mujer que me mire con un poco de intención. Vengo a trabajar. A ser invisible. Pero mi cuerpo no está de acuerdo. La humedad de mi entrepierna me grita que Lisa no es invisible. Es un peligro del que no quiero escapar.
Son las siete de la tarde. Poco a poco la oficina se queda en silencio, salvo por el zumbido del aire acondicionado. Oigo pasos y siento esa fragancia a vainilla y cuero invadir mi espacio de nuevo.
Levanto la vista y Lisa está ahí, apoyada en el borde de mi cubículo con una sonrisa que me estremece. Es una sonrisa llena de intención. No dice nada. Solo se inclina, su pelo moreno cae sobre un lado de su cara, y desliza un trozo de papel doblado sobre mi mesa. Sus dedos rozan los míos otra vez, un contacto fugaz que enciende una chispa directamente en mi entrepierna, que todavía está húmeda y palpitante de la vez anterior.
Antes de que pueda decir nada, se va, con paso firme mostrando la confianza que a mi me falta, dejando mi corazón acelerado. Mis manos tiemblan mientras desdoblo la nota. Hay un número de teléfono escrito con una caligrafía impecable. Y debajo, una palabra: “Llámame”. La jornada acaba.
Esa noche, en la soledad de mi nuevo apartamento, me atrevo. Mi pulgar tiembla sobre la pantalla del móvil mientras escribo el mensaje.“Soy Marta”. La respuesta es instantánea.“Sabía que escribirías. Hotel El Mirador, habitación 304. En una hora”. No hay preguntas. Solo una orden que hace que mis rodillas se doblen y mi vientre se contraiga con un deseo tan fuerte que duele.
La puerta de la habitación 304 se abre antes de que yo toque. Lisa está allí, sin chaqueta, solo con una camiseta de algodón blanca que se ajusta a sus pechos y unos vaqueros que parecen pintados en su piel. Me toma de la mano y me arrastra hacia dentro, cerrando la puerta con suavidad. El único sonido es nuestra respiración.
Me empuja suavemente contra la pared y su mirada recorre mi cuerpo de arriba abajo.
—Vamos a ver hasta dónde llegas, cariño —susurra, y sus manos encuentran el botón de mi blusa.
Lo desabrocha con una lentitud que es una tortura. Sus nudillos rozan mi piel con cada botón que cede. Luego, su mano se desliza por mi espalda, encontrando la cremallera de mi falda. La baja y la tela cae a mis pies, dejando a la vista mis medias sujetas por un conjunto de liguero y tanga de encaje negro. Su aliento se corta.
—Eres preciosa —murmura, con una suavidad en su voz que me hace temblar. Se arrodilla, sus ojos fijos en los míos mientras sus dedos se deslizan por mis muslos, despacio, dejando un rastro de fuego. Me deja completamente desnuda ante ella, temblando. Siento su lengua saboreando mi esencia. Se levanta y besa mi cuello, mientras sus dedos invaden mi humedad, lo justo para robarme el aliento en un gemido cargado de deseo.
—Ahora — me dice con voz dominante—, vas a aprender a ser mía. Y por primera vez en mi vida, la sumisión no es un miedo, es la única respuesta que quiero dar.



